Palanga

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Llegamos a Palanga por la tarde con el tiempo justo de dar un paseo por la ciudad y acercanos hasta la playa para ver la puesta de sol. No llevábamos ninguna expectativa sobre el sitio y nos sorprendió mucho el parecido que tiene a Salou. Las dos son un concepto de ciudad turística y consumista para el verano.

Llegamos en temporada baja, malo por el frío, bueno porque descubrimos que en verano tiene que ser insoportable la cantidad de turista por metro cuadrado. Teníamos muchas gana de pisar la costa lituana y bañarnos en el Mar Báltico pero nunca contamos con el frío como factor de riesgo hasta que llegamos a orillas del mar. Nuestra ilusión de remojar el culin tuvo que ser sustituida por remojar los pies a la orilla del mar. Dicen que las aguas en Palanga tienen propiedades curativas, de hecho existe un balneario en la ciudad para poder disfrutar de estas aguas. Tendremos que volver con menos frío para comprobar esas propiedades curativas.

El mayor atractivo de Palanga es su playa de arena blanca con textura de nieve. Es extraño de describir pero fue lo primero que nos llamó la atención. Este tipo de arena consiste en una textura acrílica que cada vez que la pisas cruje como si fuera nieve.

Playa Palanga
Playa de Palanga

Durante la ocupación comunista los lituanos tenían prohibido acercarse a las playas, los rusos estaban obsesionados con los espías que decían que entraban por sus costas. Así que sólo tenían unas pequeñas zonas de playa públicas que tenían que abandonar antes de las 11 que era el toque de queda y era ilegal estar en las calles. Todas las noches los soldados araban las playas para ver las huellas que dejarían los espías que entrasen por el mar y ver que nadie intentaba escaparse del país por el agua.

Basanavičiaus es la calle principal de la ciudad, en ella se encuentra el mayor número de bares, restaurantes y opciones de ocio al más puro estilo guiri. Si recorremos la calle llegamos al puente de Palanga, que se extiende hasta el Mar Báltico gracias a sus 470 metros y es uno de los símbolos de la ciudad. En este lugar se encuentran unos bancos perfectamente posicionados para poder disfrutar de la espectacular puesta de sol.

Una vez más volvemos al modelo lituano de ciudades con una sola calle. En este caso sin embargo la parte que nos pareció más bonita se encuentra fuera de la unicalle. Merece la pena dar un paseo a pie por los barrios residenciales para disfrutar de las construcciones de madera típicas del país. Existen casas muy bonitas, mucho más que los locales sin personalidad del centro.

Playa Palanga
Muelle de Palanga

Una vez disfrutada la puesta de sol nos fuimos de vuelta al hotel para recrearnos en nuestro tan ansiado momento de spa con jacuzzi, que por fin pudimos reservar sin problemas.

Al día siguiente madrugamos para dar un paseo a primera hora por la playa. Quizás los que nunca tuvieron mar cerca no lo aprecien pero yo que nací en una ciudad costera y ahora vivo en el interior, pasear a la orilla del mar por la mañana aporta una energía y una paz que es imposible de describir si nunca se ha vivido. Tras muchas dudas de si bañarnos o no, optamos por la sensatez de no arriesgarnos con el frío que hacía. Así que cogimos el coche y pusimos rumbo a la penúltima parada del viaje: Klaipeda

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